Claro que es más fácil cuando la que está arriba eres tú. Cuando dominas la situación. Cuando vas aventajada. Cuando él se muere por ti y lo sabes. Cuando pones fin a todo aquello por un simple capricho veraniego. Todo bien, o aparentemente, hasta el momento.
Un viernes, un baño, una quemadura en el brazo por cortesía de la plancha del pelo, una prima con prisa, una chica que no imaginaba lo que sucedería entonces
- ¿Estoy bien? Como lo tengo por atrás, siempre se me queda fatal...
- Pues estás estupenda, ¿y yo?
- Pues bien, para no variar
- ¿Estás nerviosa?
- ¿Quién yo? No, es un día normal.
Bajamos la calle, allí estaba él. Nos saluda nuestro amigo a lo lejos. Respondemos alzando ambos brazos paralelos a las casas que crecían a nuestro lado. Caminaba, y notaba la presión de su mirada. Ardía en calor y en ganas de verle en persona. Dos besos y todo normal. La sangre me circulaba desequilibradamente por el cuerpo. Para no variar abro la maleta, el bolso y me saco un cigarrillo. Acompañante fiel de los buenos momentos (y no tan buenos). Notaba como el humo abría mi garganta y saludaba a mis pulmones, para luego ser expulsado rápidamente de nuevo por la boca. Nos fuimos a comer y entablamos una conversación poco más madura que una media de trece años. Una jarra más de tinto y otra copa de ron. Labios que se juntan y risas por todo. Una locura. Y otra más. Pérdida adrede de tren y un par de besos para jugar. Noche entre caricias, manos y risas. Amanece y él se va. Pero algo se quedó aquí conmigo, no es uno más...